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La ecuación Barack Obama

Cualquier conquista que desborde los límites del mero desmontaje del régimen de Bush será producto de la obstinación, astucia y empuje, desde abajo y hacia la izquierda, de las multitudes productivas.
Jónatham F. Moriche | http://jfmoriche.blogspot.com | 21-11-2008 | 313 lecturas | 4 comentarios
www.kaosenlared.net/noticia/la-ecuacion-barack-obama

Desde su celda en el corredor de la muerte, el preso político afroamericano Mumía Abú-Jamal ha escrito, sobre la elección de Barack Hussein Obama como 44º presidente de los Estados Unidos de América: "Se ha hecho Historia. Ahora vamos a ver qué clase de Historia será". Sería difícil componer una descripción más concisa y exacta del estado de ánimo con que la entera tribu humana encara, tras el profundo suspiro de alivio de la noche del 4 de noviembre, el largo período de transición que la Constitución norteamericana prescribe entre la celebración de elecciones y la toma de posesión del presidente electo. Un período del que, tras el más que justificado júbilo global por la derrota de John McCain y Sarah Palin, se enseñorea necesariamente la incertidumbre en torno a la verdadera naturaleza del programa de gobierno que Barack Obama planteará, una vez ocupe el Despacho Oval, como alternativa al proyecto neoconservador y como concreción de su brillante, pero sumamente imprecisa, retórica electoral. Que Obama impondrá una profunda inflexión frente a las políticas de su antecesor es seguro, pero... ¿en qué sentido se orientará esa inflexión? La extrema prudencia con que Obama está desempeñando su papel de presidente electo (por ejemplo, rechazando participar en la reunión del G-20 del pasado 15 de noviembre, o retrasando la presentación de su gabinete ministerial) acentúa aún más esta incertidumbre, que aflora al espacio público en forma de profusión inagotable de análisis y opiniones entrecruzadas que, a falta de indicios más firmes, recalan en su mayoría en los reduccionismos simétricos del optimismo ("todo va a ser diferente") y el pesimismo ("todo va a seguir igual"), y ayudan muy poco a clarificar la multiplicidad de aspectos problemáticos del pasaje histórico que afrontaremos (si no lo impide, como temen muchos norteamericanos, una bala surgida del mismo cargador que ya se empleó contra Martin Luther King, Malcolm X o los hermanos Kennedy) a partir del próximo 21 de enero: un radical cambio de régimen político en la primera potencia económica, cultural y militar del planeta, que tendrá inevitables y decisivas repercusiones en la compleja arquitectura de poderes que sostiene el (des)orden político de nuestro mundo globalizado.

Lo mejor de la victoria de Obama es, por ahora, la derrota de McCain y Palin, y con ella el final de un período histórico trágicamente caracterizado por la iniciativa y el protagonismo del bloque neoconservador, articulado en torno a la administración Bush y sus aliados de la guerra de Iraq. George W. Bush y su camarilla neoconservadora se hicieron con el poder en noviembre de 2000, ganando en el Tribunal Supremo y Fox TV unas elecciones que habían perdido en las urnas. Un año después, los atentados del 11-S dieron a los neoconservadores la oportunidad de poner en marcha su verdadera agenda política: de fronteras para fuera, un nuevo orden mundial unilateral con EEUU como potencia hegemónica todopoderosa e indiscutida, no sólo ante sus enemigos, sino también ante sus propios aliados. De fronteras para dentro, una mórbida primitivización cultural (retrotrayéndose, en cuestiones como la enseñanza de la evolución humana, a estándares prácticamente medievales) y a un total vaciamiento del (ya de por sí bastante frágil y limitado) régimen de garantías civiles y políticas que establece la Constitución norteamericana, reiteradamente violentada por el régimen Bush, primero de forma soterrada, con el golpe de mano de las "papeletas mariposa" en 2000, después a plena luz del día, con la aprobación, tras el 11 de septiembre, del Acta Patriótica y otras leyes de excepción, que suspenden de hecho y sin límite temporal los mismos cimientos el Estado de Derecho en EEUU.

Las severas derrotas militares norteamericanas en Afganistán e Iraq, la pavorosa crisis financiera global con epicentro en EEUU y el atroz endurecimiento de las condiciones de vida en el país (en lo económico, pero también en lo político, lo jurídico, lo cultural...) han socavado la hegemonía del bloque neoconservador que aupó al poder a George W. Bush y su camarilla de fanáticos militaristas y depredadores petroleros. Pero, ¿cómo se ha constituido la mayoría electoral que ha llevado ese cambio de rumbo en las urnas? En 2000, los iluminados del Proyecto Nuevo Siglo Americano movieron los hilos de un golpe palaciego que arrebató al demócrata Albert Gore, en los recuentos fraudulentos de Florida, unas elecciones presidenciales que había ganado por 500.000 votos. En 2004, Bush fue reelegido con unas pocas decenas de miles de votos de margen y bajo muy fundamentadas sospechas de tongo en el decisivo Estado de Ohio. Contradictoriamente con su exacerbada soberbia y desmesura en el ejercicio del poder, el cimiento electoral del neoconservadurismo ha sido siempre bastante frágil, basado no tanto en la movilización de masas como en la de minorías muy activas y, sobre todo, en la desafección y división de sus oponentes. Muy al contrario, el pasado 4 de noviembre Barack Obama ha ganado por una abrumadora mayoría de votos electorales y una diferencia favorable de más de ocho millones de sufragios populares. Se trata de una victoria formidable, que ha tenido como primera consecuencia cerrar el paso a cualquier tentación de un nuevo fraude electoral-judicial-mediático de los neoconservadores y que, aparentemente, debería garantizar un muy amplio margen de maniobra al nuevo presidente.

Pero es también una victoria que aloja una difícil paradoja en su interior. El imponente carisma personal y las arrolladoras habilidades comunicativas de Obama le han permitido ponerse al frente de una excepcional convergencia estratégica entre las multitudes productivas y los excluídos de siempre, por un lado, y aquellos segmentos de las élites políticas, económicas y militares tradicionales desplazadas por la camarilla de Bush, por el otro, unidos en su horror por la deriva esperpéntica, ruinosa y sangrienta del neoconservadurismo. Pero, y esta es ahora la pregunta fundamental, ¿qué tipo de régimen político pueden constituir ambos actores después del 21 de enero, una vez cumplido el objetivo común de derrocar al régimen neoconservador? Será en la vasta y compleja dinámica interna de la ecuación de fuerzas heterogéneas del movimiento que le sustenta, y también en su capacidad personal para ejercer un arbitraje proactivo entre ellas, donde se dirimirá la verdadera naturaleza constituyente del gobierno de Barack Hussein Obama.

Si las élites políticas, económicas y militares que, fuera y dentro de EEUU, se han alineado con Obama, toman el timón en solitario, el nuevo gobierno se limitará a devolvernos a un orden mundial, sin duda algo mejor que el actual, pero de todos modos insoportablemente injusto y depredador: el modelo de gobernancia mundial colegiada que caracterizó el primer período del capitalismo global, articulado en torno a organismos y normativas multilaterales, pero de nula representatividad democrática, como la Organización Mundial del Comercio, el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial, y ferreamente asentada en los dogmas del neoliberalismo. El horizonte de este ala derecha del obamismo es, por decirlo de un modo muy gráfico, desandar el calendario hasta el 10 de septiembre de 2001 y devolver el tren de la Historia a la ruta trazada durante las administraciones de George H. Bush y William Clinton. La misma ruta ante la que entre enero 1994 (alzamiento zapatista) y 2001 (asedio al G-8 en Génova) se fueron interponiendo los movimientos multitudinarios anti-neoliberales.

Frente a esta pretensión de las élites (guiadas por intereses y prioridades, más allá del objetivo inmediato de deponer a George W. Bush, evidentemente muy distintas a las de los habitantes de los suburbios, las víctimas de la desindustrialización o las familias de los soldados muertos en Iraq y Afganistán) de reconducir la consigna obamista del change hacia un mero retorno al neoliberalismo, las multitudes productivas y los excluídos han ganado una posición estratégica fundamental, colocando en la Casa Blanca a un hombre ajeno a los grupos de influencia y las grandes familias de la política norteamericana (frente a candidadatos mucho más comprometidos con los intereses de las élites neoliberales globales, como la senadora Hillary Clinton) e imponiendo en su programa electoral medidas decisivas como la retirada de Iraq o el cierre de Guantánamo. Gracias a su inteligencia y su resolución, las multitudes se han garantizado ya, como poco, una sustantiva radicalidad en la ruptura con el régimen saliente (frente a la vergonzante pretensión de componenda con el neoconservadurismo que suponía en 2004 la candidatura demócrata del multimillonario John Kerry). Ahora las multitudes deberán hacer valer esa ventaja inicial sobre el tablero del mundo post-Bush con una presencia constante, vigorosa e innovadora en la vida pública, que contrapese la influencia del aparato del Partido Demócrata y de los grandes grupos corporativos que también han apoyado a Obama en su carrera presidencial.

De momento, el presidente electo ha anunciado dos medidas, relativamente poco publicitadas (frente a otros asuntos como el cambio de estrategia en Afganistán o la retirada de Iraq), pero de enorme trascendencia: una legislación que recortará el margen de actuación de los grupos de presión en las instituciones, y la apertura de canales institucionales que permitan mantener la interacción entre el movimiento popular del yes, we can y el nuevo gobierno. Aparentemente, cualquier comparación entre las realidades de los Estados Unidos y el Cono Sur es una mera provocación polémica, pero... ¿no merece la pena considerar siquiera la posibilidad de que Obama esté empezando a consolidar así, sobre la dimensión más movimentista del proceso que le ha llevado al gobierno, sus líneas de defensa ante la previsiblemente sucia y sin cuartel contraofensiva de la Norteamerica ignorante, supersticiosa y brutal de la Asociación Nacional del Rifle, el universo sectario del integrismo cristiano, las milicias supremacistas, el empresariado petrolero texano, la cadena Fox y los descerebrados que gritaban "Obama Osama" u "Obama es comunista" en los mítines de McCain y Palin, al modo en que lo hacen, salvadas las abismales distancias de contexto y con sus respectivas y remarcables diferencias, Hugo Chávez o Evo Morales, frente a los sectores más refractarios de sus oligarquías nacionales? Porque la ecuación Obama a la que antes aludíamos es doble. De un lado, la que determina la resultante de sus políticas en el interior del movimiento que le respalda. Pero si esa resultante se desvela, por una conjunción de la acción colectiva del movimiento de las multitudes por el cambio y del compromiso ético y político personal del nuevo presidente -una cuestión sobre la que se ha hipostasiado hasta el absurdo, en base a un hecho tan insignificante en términos políticos como el color de su piel, pero sobre la que nada nos obliga tampoco a dar por buenos a priori los peores pronósticos-, inusitadamente radical, aún dentro de los estrechos límites del reformismo liberal, otra ecuación se pone en marcha: la que contrapondría entonces al gobierno Obama al aparato del Estado y los delicados equilibrios del orden constitucional norteamericano.

Las fantasías de seriales televisivos como 24 o X-Files se fundamentan en una realidad perfectamente constatada a lo largo de la Historia: la autonomía del poder estatal respecto de la soberanía popular y la profundidad, la complejidad y el poder de sus inmensas cloacas en EEUU. El presidente Dwight Eisenhower denunció el poder creciente del complejo militar-industrial amamantado al calor de la Guerra Fría. Pocos años después, ese complejo militar-industrial decapitaba a toda una generación de líderes políticos -desde revolucionarios radicales como Malcolm X a liberales tan livianamente reformadores como los hermanos Kennedy. John McCain también hubiera cerrado Guantánamo si hubiese ganado las elecciones y la salida de las tropas de Iraq es una decisión que goza de un amplísimo consenso entre las élites norteamericanas (el gobierno republicano saliente acaba de firmar un acuerdo de retirada con el gobierno títere de Iraq que no dista mucho del compromiso electoral de Obama). Pero si Obama trata de dar cobertura médica a los 45 millones de desamparados sanitarios de EEUU, o trata de sacar las armas de fuego de las calles del país, o trata de constitucionalizar el derecho al aborto o la prohibición de la pena de muerte, puede abrir una quiebra violentísima entre los distintos poderes de clase y posicionamientos ideológicos que concilia el complejo sistema legal e institucional norteamericano. Es verdad que son asuntos sobre los que el propio Obama ha sido muy tibio, o que directamente ha soslayado. Pero sí están en la lista de reivindicaciones del movimiento multitudinario que le ha entregado las llaves de la Casa Blanca. No estoy con todo esto cayendo en el optimismo infundado de pensar que alguna o algunas de estas cosas vayan a suceder. Sólo quiero plantear que, mientras la mayoría de los análisis desde la izquierda insisten en prepararnos para un Obama hueco o retrógrado, ¿no deberíamos también plantearnos los riesgos que conllevaría que Barack Obama imprimiese a su presidencia un giro decisivamente reformador y progresista? O, en otras palabras, y trasladando de nuevo el protagonismo al plano de la acción colectiva, ¿están preparadas las multitudes productivas y el movimiento por el cambio en EEUU, como sí han demostrado estar el pueblo venezolano o el boliviano, para defender efectivamente las conquistas de un gobierno, surgido de las urnas siempre trucadas de la democracia capitalista, pero razonablemente representativo de sus demandas?

Cualquier conquista significativa que en los próximos años desborde los límites del mero desmontaje de las especificidades del régimen bushista será producto, no de la iniciativa personal de Barack Obama (por mucho que este factor individual esté sin duda llamado a ser en ocasiones muy determinante), ni mucho menos de la buena fe de sus grandes patrocinadores corporativos y mediáticos de la orilla neoliberal del obamismo, sino de la obstinación, la astucia y el empuje, desde abajo y hacia la izquierda, de las multitudes productivas. Tras la victoria electoral del 4 de noviembre, el movimiento por el cambio debe encarar un escenario de luchas problemáticamente ambivalentes. Deberá situarse a los pies del palacio del nuevo soberano, un día para sitiarlo, en reivindicación de un derecho por conquistar, y al día siguiente para defenderlo, protegiendo un derecho conquistado. Ese es un desafío ético, intelectual y político que compete ahora, en primera instancia, a los ciudadanos de Norteamerica, pero en el que el resto de la tribu humana tendrá también un papel que jugar, en una esfera pública planetaria que, con la intensa y radical experiencia que han supuesto estas elecciones históricas, ha traspasado un umbral inédito, y ya muy difícilmente reversible, hacia su definitiva globalización.

Jónatham F. Moriche, Vegas Altas del Guadiana, Extremadura Sur, 21 de noviembre de 2008

jfmoriche@gmail.com | http://jfmoriche.blogspot.com

[Una versión reducida de este artículo se publicará en el número 50 (noviembre 2008) de La Crónica del Ambroz. Edición digital disponible en http://www.radiohervas.es]

 
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Comentarios (4)

#2.- Info adicional al respecto (para los lectores no extremeños)

Jon|22-11-2008 14:00

http://jfmoriche.blogspot.com/2008/11/alerta-infiltrados.html

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#3

23-11-2008 12:25

MORICHE ES UN INFILTRADO DE LA JUNTA DE EXTREMADURA Y ESTE HECHO NO CAMBIARÁ AUNQUE SE CENSUREN LOS COMENTARIOS.

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#4

ananda anda|24-11-2008 12:56

yo he visto salir a Moriche de una oficina, con levita y calvo, y hablando por el zapato. Lo acompañaba un tío con cabeza de melón y dos pelos. ¿Tiene eso algo que ver con todo ese asunto del infiltramiento? ¿Es un agente secreto? ¿Es transformer? ¿Es gayer? No sé, estoy confuso...

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#5.- que Fuerte

Tropiza|24-11-2008 18:09

Valla... la verdad nunca me imagine que los comentarios en Kaos se pasaran del limete, creo que esto ya no es lugar donde se hacen comentarios de personas serias ó diferentes opiniones con criterio, estoy es un kinder.
En hora buena moriche por tu articulo.

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